desde el agua

En ese lugar
donde el agua era más cristalina,
brotó el cuchillo.

Con él me corté la lengua,
para que las palabras fluyeran en silencio.

Después, liberé mis manos,
y descubrí la suavidad de las muñecas.

Luego tallé un corazón dentro del mío,
y el viento lo traspasó de golpe.

Y cuando quise vaciar mis ojos,
el cuchillo se deshizo en el fondo,

donde nada pesa y el barro es más puro.

microondas

En la mañana tibia

una nota limpia

afilada en metal,

escinde el aire

y me habla con el sonido más humilde.

La ternura que siento es infinita.

Un universo entero

brilla en el fondo de la taza.

Y todo se condensa en este instante,

el plato reposando sobre el hule,

el borde hecho de humo,

los labios asomados al abismo,

y el núcleo del hogar en torno al cuerpo.

 

En el mismo segundo,

girando al ritmo de los soles

en un planeta breve,

los seres se alimentan y renacen,

muertos de amor y de deseo.

 

Me pregunto

cuánto amor debemos cocinar

para convertir las ondas de lo que somos

en luz o cristal,

albergando la vida

en lo más hondo,

al abrigo de aquello que nos une.

 

 

a la noche

A la noche,

a la noche y sus alas,

aligerando las líneas

y los contornos

para que no haya nada.

Noche de hilos de luna,

de ilusiones y luces vagas.

Noche lavada de estrellas

noche sin dientes,

pura noche desnuda,

para que no te sueñe,

para que no te duerma

bajo la almohada.

A la noche de olas blancas,

de lazos y olores,

y al vaivén que se eleva

desde los labios y alumbra el alma.

A esta noche y a todas las mías.

A tu noche trasnochada de besos.

A mis días,

tan llenos de noche,

que me apagan la luz

al alba.

 

 

resbalando, poemacuento

No es cuestión de caminar erguido.

Se puede resbalar

plácidamente,

y dejar que los pies

se hagan de hielo

sobre las aceras.

Un hombre se tornó escarcha

cuando olvidó el canto de su alma

y las cigüeñas le vaciaron la mirada.

Pero aprendió a resbalar

Cantando con labios nuevos

las viejas canciones.

Los hilos de su historia le envolvieron,

tiñendo de blanco sus pensamientos.

Cuando quiso caminar al alba,

Ciego y hambriento de luz,

no encontró sus huellas.

Habían volado lejos,

como pavesas o copos.

Extendió los dedos para acariciarlas.

A sus pies se desplegó un mensaje,

desnudo y caliente.

Y le quemó las plantas.

las cuentas claras

Cuando la conciencia se estremece

y nos eleva en los hilos de la infancia,

recordamos canciones de talco y hierbabuena,

golondrinas como saetas

y caramelos en los bolsillos.

Éramos los mismos con almas ligeras,

entonando canciones prendidas del cielo

a la hora de los bordes dorados.

Elegimos los momentos, nunca los caminos.

Somos valerosos guerreros del presente.

Armados de lágrimas, sueños y cadenas,

avanzamos,

dibujando día a día nuestra historia

con tizas de colores antiguos.

Aquellos que entonces nos mancharon los dedos

y ahora nos definen

a la dulce hora de bordes apagados.
 

 

esperas

Aconteció en esa época en la que no quedaban cisnes ni juncos.

Nos buscábamos en islas adormecidas de la ciudad, como náufragos que sólo se leían en los ojos del otro, enormes playas rotas por las olas.

Sin esquinas, a veces nos perdíamos flotando delante de un café o removiendo las hojas en los jardines. Mucho viento, mucho frío.  Y nuestras manos que se besaban, los dedos reviviendo el latido de los corazones.

Pájaros sin nido, encontrábamos migas debajo de las sábanas, detrás de las puertas grises de la memoria.

Y nos enamoramos de tanto esperarnos, dentro y fuera de la nada. Pero nunca nos importaba.

 

las horas muertas

Las horas se deshicieron en risas.

Primero, cálidas y luego azules.

La ventana se abría a las nubes

y cada día era inacabable.

Por los minutos nos deslizamos,

desnudos de piel,

el alma abierta al suspiro y al miedo

de los que se saben humanos.

Pero no hubo sino besos y tinieblas de algodones

en medio de la nada más soleada.

Devoramos los segundos como gotas de miel.

Los tejados se cubrían de terciopelo

y el reloj se detuvo sólo

para que escucháramos

su silencio.

Nos dimos las manos,

el orgullo,

el aliento.

Todos nuestros recuerdos

volaron por la ventana.

Y nos bebimos el tiempo.

 

de pie

Tengo todo el tiempo para tomar asiento,

pero no lo hago.

Sentarse es como dejar de estar vivo.

Prefiero morir un poco cada día

caminando lentamente.

Tengo la lengua fácil,

el pie ligero

Me alumbran soles y me alimentan sombras.

La vida huele a hojas y se agita

como un cachorro mojado.

Contemplo este banco y no me siento.

Imagino a esa otra yo adormecida

suavemente,

la piel curtida por el sol.

Sola,

la espalda contra la piedra.

Y descubro la grandeza de sentarme.

 

 

deshojándome

 Foto de Matilde de Losada.

(Gracias Matilde, por poner imagen a un sentimiento)

 

De las hojas me llevo la textura,

la levedad que me eleva y zarandea.

Me deshojo en la vida

para recorrer esquinas y rozar aceras

con las alas ligeras de mis contornos.

Y pienso en lo que no soy,

mientras beso las ramas más altas

y desciendo al terciopelo del asfalto

con mis zapatos crujientes.

Tan fácil es dejar que el viento me baile,

como arañar los cristales de las ventanas.

Siempre yo, leve, ligera,

con la certeza de vivir en cualquier parte

y morir cada día,

en cada esquina de todos los universos.

azahar, poemacuento

Se levantó a las cuatro.

A las cinco, tenía la furgoneta rebosante de naranjas.

A las seis, estaban dispuestas en cajas de madera con la leyenda: “Cosas del Azahar”.

De seis a siete, meditó mientras contemplaba toda aquella simetría de rabitos, esferas doradas y aromas de huerta valenciana.

Podía existir algo más hermoso?

A las siete cuarenta y cinco hizo el reparto en aquel domicilio. La conoció.

Y su pregunta encontró una respuesta a las ocho.