a la luz

Hay modos de elevarse

que solo te mecen y te alejan

de tus verdades, de quienes amas,

de lo que aterra o estremece.

Hay formas de decirnos

te deseo,

o ya no,

evitando el roce tierno

de la carne en la mano o en el labio.

La boca tiene tanto que aprender,

y el alma ya lo sabe,

pero a veces actúa de mordaza,

para impedir que la lengua estalle

en todas las palabras que pienso para nada.

 

Sería tan fácil subir por esa luz que me acompaña

y dejar de acompañarlo todo.

Fácil beber el arco iris de un solo trago

y olvidarme del tacto de tus manos,

el peso de tu cuerpo

o tu voz cuando me llamas.

Entonces recuerdo mi nombre,

de golpe

y descubro la sombra de tus besos.

Al abrigo de esa luz,

de tanta luz

que contemplo de frente,

me alimento,

aprendiendo un poco cada día

a entrecerrar los ojos,

por prudencia.

 

donde las olas

Estoy aquí

donde el aire se vuelve azul

para morir flotando.

La piel ya no resiste más recuerdos

y me deja libre,

roto el borde de mi sombra.

Este cuerpo ya no oculta nada.

Los ojos se duermen hacia adentro,

ajenos a las luces,

explorando las oscuridades

donde resido y callo.

Es frágil, mi cuerpo,

cuánto me ha ofrecido,

y cómo le he alimentado.

Ahora tiembla mientras se me escapa,

cáscara amorosa

de lo que ya no soy.

Sin huesos que lo sostengan,

sin besos ni lágrimas,

lo ha olvidado todo

y no se encuentra,

salvo en esta calma

vacia de ecos o perfiles.

He regalado al cielo,

el dolor de los músculos,

el color de la sangre,

todo lo que fui y podría ser,

para quedarme aquí,

en los huecos del aire

que todavía respiro.

Donde no cabe nada

y se vierte mi mundo

suavemente,

en olas que van y vuelven

Y

no

se

acaban

nunca.

 

 

 

desde el agua

En ese lugar
donde el agua era más cristalina,
brotó el cuchillo.

Con él me corté la lengua,
para que las palabras fluyeran en silencio.

Después, liberé mis manos,
y descubri la suavidad de las muñecas.

Luego tallé un corazón dentro del mío,
y el viento lo traspasó de golpe.

Y cuando quise vaciar mis ojos,
el cuchillo se deshizo en el fondo,

donde nada pesa y el barro es más puro.

microondas

En la mañana tibia

una nota limpia

afilada en metal,

escinde el aire

y me habla con el sonido más humilde.

La ternura que siento es infinita.

Un universo entero

brilla en el fondo de la taza.

Y todo se condensa en este instante,

el plato reposando sobre el hule,

el borde hecho de humo,

los labios asomados al abismo,

y el núcleo del hogar en torno al cuerpo.

 

En el mismo segundo,

girando al ritmo de los soles

en un planeta breve,

los seres se alimentan y renacen,

muertos de amor y de deseo.

 

Me pregunto

cuánto amor debemos cocinar

para convertir las ondas de lo que somos

en luz o cristal,

albergando la vida

en lo más hondo,

al abrigo de aquello que nos une.

 

 

las cuentas claras

Cuando la conciencia se estremece

y nos eleva en los hilos de la infancia,

recordamos canciones de talco y hierbabuena,

golondrinas como saetas

y caramelos en los bolsillos.

Eramos los mismos con almas ligeras,

entonando canciones prendidas del cielo

a la hora de los bordes dorados.

Elegimos los momentos, nunca los caminos.

Somos valerosos guerreros del presente.

Armados de lágrimas, sueños y cadenas, 

avanzamos,

dibujando día a día nuestra historia

con tizas de colores antiguos.

Aquellos que entonces nos mancharon los dedos

y ahora nos definen

a la dulce hora de bordes apagados.
 

 

 

de pie

Tengo todo el tiempo para tomar asiento,

pero no lo hago.

Sentarse es como dejar de estar vivo.

Prefiero morir un poco cada día

caminando lentamente.

Tengo la lengua fácil,

el pie ligero

Me alumbran soles y me alimentan sombras.

La vida huele a hojas y se agita

como un cachorro mojado.

Contemplo este banco y no me siento.

Imagino a esa otra yo adormecida

suavemente,

la piel curtida por el sol.

Sola,

la espalda contra la piedra.

Y descubro la grandeza de sentarme.

 

 

azahar

Se levantó a las cuatro.

A las cinco, tenía la furgoneta rebosante de naranjas.

A las seis, estaban dispuestas en cajas de madera con la leyenda: “Cosas del Azahar”.

De seis a siete, meditó mientras contemplaba toda aquella simetría de rabitos, esferas doradas y aromas de huerta valenciana.

Podía existir algo más hermoso?

A las siete cuarenta y cinco hizo el reparto en aquel domicilio. La conoció.

Y su pregunta encontró una respuesta a las ocho.

un cuento

Un día, el árbol bostezó. Abrió su boca musgosa, y todo el bosque supo que deseaba morir.

Hablaron largo y tendido acerca de cómo ayudarle.

Un mirlo bailó en su rama durante la noche entera. Un gran sacrificio, porque los mirlos jamás se levantan antes de las siete.

Fue inútil. El árbol emitió otro bostezo, inundando el aire de aroma a moho y a libélulas dormidas.

Una liebre excavó en sus raíces y luego, ratones y culebras vertieron en el profundo hueco lágrimas y orín, una ofrenda irresistible. Como respuesta, el árbol dejó caer tres hojas arrugadas, que todos contemplaron con tristeza.

Entonces, después de varios días de viaje, un caracol se asomó al borde de la inmensa boca. Y sin decir nada, se lanzó al vacío.

En ese momento, el árbol abrió los ojos y dijo: he soñado que me tragaba una estrella.

de caricias y besos

No me besaste nunca sin acariciarme.

Las manos eran pájaros viejos

que no tenían filos,

sólo plumas de aire.

No me tocaste nunca sin decirme niña.

porque eso fui yo siempre a tu lado.

Me contabas palabras y sombras,

hablándome en un idioma que desconocía,

porque tu vida estaba en otra parte, siempre.

Tuve que aprender a olvidar tu pasado,

cuando te marchaste un día,

sin despedirte.

de sombras y luces

Me siento sobre las sombras

donde descanso sin peso.

Mi hogar es una nube de humo

y el fuego de lo que fui me ilumina

cuando lo miro de frente.

Cuesta creer que han pasado los años.

Apenas me queda cuerpo

solo huesos de sombras

y labios que desnudan las palabras.

Cuento cada minuto como las cerezas

entre los dientes.

Nunca me canso.

Entre las sombras, los días son eternos.

Me siento y los saboreo.