las cuentas claras

Cuando la conciencia se estremece

y nos eleva en los hilos de la infancia,

recordamos canciones de talco y hierbabuena,

golondrinas como saetas

y caramelos en los bolsillos.

Éramos los mismos con almas ligeras,

entonando canciones prendidas del cielo

a la hora de los bordes dorados.

Elegimos los momentos, nunca los caminos.

Somos valerosos guerreros del presente.

Armados de lágrimas, sueños y cadenas,

avanzamos,

dibujando día a día nuestra historia

con tizas de colores antiguos.

Aquellos que entonces nos mancharon los dedos

y ahora nos definen

a la dulce hora de bordes apagados.
 

 

esperas

Aconteció en esa época en la que no quedaban cisnes ni juncos.

Nos buscábamos en islas adormecidas de la ciudad, como náufragos que sólo se leían en los ojos del otro, enormes playas rotas por las olas.

Sin esquinas, a veces nos perdíamos flotando delante de un café o removiendo las hojas en los jardines. Mucho viento, mucho frío.  Y nuestras manos que se besaban, los dedos reviviendo el latido de los corazones.

Pájaros sin nido, encontrábamos migas debajo de las sábanas, detrás de las puertas grises de la memoria.

Y nos enamoramos de tanto esperarnos, dentro y fuera de la nada. Pero nunca nos importaba.

 

las horas muertas

Las horas se deshicieron en risas.

Primero, cálidas y luego azules.

La ventana se abría a las nubes

y cada día era inacabable.

Por los minutos nos deslizamos,

desnudos de piel,

el alma abierta al suspiro y al miedo

de los que se saben humanos.

Pero no hubo sino besos y tinieblas de algodones

en medio de la nada más soleada.

Devoramos los segundos como gotas de miel.

Los tejados se cubrían de terciopelo

y el reloj se detuvo sólo

para que escucháramos

su silencio.

Nos dimos las manos,

el orgullo,

el aliento.

Todos nuestros recuerdos

volaron por la ventana.

Y nos bebimos el tiempo.

 

esquinados

Teníamos una vida,

una esquina y dos relojes

que marcaban la hora con siete minutos de diferencia.

Ese fue siempre nuestro amado desajuste.

Tus segundos y los míos se desencontraban

cada día, en la misma esquina.

Y tu sombra se cruzaba con la mía cuando llegabas.

Yo me alejaba, camino de la casa

donde jamás nos encontrábamos.

Tu acariciabas la piel que me dejaba colgada en el armario

y me ponía, al día siguiente,

repleta de besos.

Yo te planchaba las camisas

con la mirada perdida,

preguntándome a quien pertenecían.

Jugamos a ser una pareja

sin saber que teníamos aún

los nombres por estrenar

Y la vida todavía no nos había encontrado.