lo que no se

Cada vez que cierro los ojos,
sueño.
Con dragones y loros,
seres que Alicia amaría
sin reservas.

Sueño con ratas y nubes
pasajeras de mis noches,
y muertos que acuden en tropel
a hacerse oír entre las sábanas.

De los dragones
aprendí a comer fuego,
a deshacer nudos con las garras,
a volar sobre los pantanos.

De los loros
a vestirme de colores
y a repetir los silencios
mordiendo los barrotes.

De las ratas,
que todo lo que me alimenta
es bienvenido.
Y a moverme entre los túneles
sin miedo.

Pero son los muertos
quienes más me enseñan,
enredados en mis pies,
para no echar a volar
antes de lo previsto.

Ahora conozco por fin
cómo suena el corazón
entre dos aguas
-la del sol y la del sueño-
cuando despierto
y me dispongo
a cubrir mi fragilidad
con corazas de papel.

Cada verso
me descubre lo que no se
aquello que busco
y pierdo cada vez
bendito sea
por ocultarse tanto.

Y sueño.

esperas

Aconteció en esa época en la que no quedaban cisnes ni juncos.

Nos buscábamos en islas adormecidas de la ciudad, como náufragos que sólo se leían en los ojos del otro, enormes playas rotas por las olas.

Sin esquinas, a veces nos perdíamos juntos, flotando delante de un café o removiendo las hojas en los jardines. Mucho viento, mucho frío.  Y nuestras manos que se besaban, los dedos reviviendo el latido de los corazones.

Pájaros sin nido, encontrábamos migas debajo de las sábanas, detrás de las puertas grises de la memoria.

Y nos enamoramos de tanto esperarnos, dentro y fuera de la nada. Pero nunca nos importaba.

 

esquinados

Teníamos una vida,

una esquina y dos relojes

que marcaban la hora con siete minutos de diferencia.

Ese fue siempre nuestro amado desajuste.

Tus segundos y los míos se desencontraban

cada día, en la misma esquina.

Y tu sombra se cruzaba con la mía cuando llegabas.

Yo me alejaba, camino de la casa

donde jamás nos encontrábamos.

Tu acariciabas la piel que me dejaba colgada en el armario

y me ponía, al día siguiente,

repleta de besos.

Yo te planchaba las camisas

con la mirada perdida,

preguntándome a quien pertenecían.

Jugamos a ser una pareja

sin saber que teníamos aún

los nombres por estrenar

Y la vida todavía no nos había encontrado.