elementos

Lavanda en el pelo
ojos de hierbabuena
La sonrisa se desliza en mil aromas
que solo resuenan en tus campos
Oscura
fragante
tierra
donde hundir el rostro

Las raíces buscando otros abismos

Eres
fuego
de amapolas
hirviendo entre los dedos
Me quemas los sueños
con este calor de piel y labio

El humo canta en mis entrañas
meciéndose a nuestro son

Soy
aire
pelo negro
plumas
tentándome la piel
No hay nada más dulce
que el roce de tus golondrinas
Vienen y van
locas
ebrias de cielo

Leyéndome en sus curvas imposibles

Somos
agua
caracolas que danzan
ola tras ola
sin marcar ningún rumbo
salvo el de este mar inmenso
donde nos alejamos

Muérete, arena
Olvida, orilla

Húndete en aquella profunda sima
en la que ya no somos
tú y yo
y sólo recordamos la superficie
cuando las estrellas de mar
nos iluminan

Espejo de otras que desde arriba
con sus hilos de plata
como marionetas
nos elevan

y qué

Y qué

si las palabras

a veces nos olvidan

se escapan como peces

y nadan más profundo

Y qué

si lo que fuimos

ya nunca puede ser

se vuelve

nube o cielo

o se deshace en lluvia

Y qué

si ya no hay ojos

pieles o besos

porque perdí los mapas

para encontrarlos

Se que puedo

subir a ese cielo

arañar su barriga

y recibir estrellas

O perderme

en mil túneles

hundir los dedos en la tierra

y oler mi oscuridad

Ya he nacido

ya he muerto

y vuelto tantas veces

que juego con mi nombre

mi alma

y mis verdades

y las regalo al viento

si me lo pide

Y qué

si un día

mañana o quizá nunca

decido

no

volver

(Tú me esperarías

Sabes

que voy

y vengo

y solo me miras

Y sabes)

congelada

Hace tiempo, me enamoré del hielo.

Del color sin olor,

del fuego frío,

el alma entumecida

y la piel dura.

Cada noche, me acostaba

en el frío ropaje de la nieve.

Conocí el invierno en mis entrañas,

y escarché mis huesos

con el aroma de los nidos vacíos.

Era yo feliz,

otra,

iluminada por témpanos,

besada por orugas

que daban luz gris a mi piel

sin preguntarme nada.

Dejé de hablar,

porque el vapor del aliento

enturbiaba mi reflejo

en los cristales.

Simplemente callé

y mi otra voz,

oscura, negra,

la voz que me cantaba

cuando caía el sol,

me reveló secretos que brillaban

bajo la tierra.

Prendí fuego a mis ropas,

y desnuda de fuera adentro,

vivo ahora.

Me reconozco

en las esquinas de cada día

y tiemblo.

Pero ya no tengo frío.

juegos

Si jugamos a la carne

mansamente,

delimitando márgenes

con besos,

seguramente

no encontraríamos bordes

ni fronteras,

solo tierra de nadie

o simplemente,

tuya y mia,

un territorio vasto

desnudo de horizontes,

donde reconocernos

al caer la tarde,

puntualmente.