a la luz

Hay modos de elevarse

que solo te mecen y te alejan

de tus verdades, de quienes amas,

de lo que aterra o estremece.

Hay formas de decirnos

te deseo,

o ya no,

evitando el roce tierno

de la carne en la mano o en el labio.

La boca tiene tanto que aprender,

y el alma ya lo sabe,

pero a veces actúa de mordaza,

para impedir que la lengua estalle

en todas las palabras que pienso para nada.

 

Sería tan fácil subir por esa luz que me acompaña

y dejar de acompañarlo todo.

Fácil beber el arco iris de un solo trago

y olvidarme del tacto de tus manos,

el peso de tu cuerpo

o tu voz cuando me llamas.

Entonces recuerdo mi nombre,

de golpe

y descubro la sombra de tus besos.

Al abrigo de esa luz,

de tanta luz

que contemplo de frente,

me alimento,

aprendiendo un poco cada día

a entrecerrar los ojos,

por prudencia.

 

congelada

Hace tiempo, me enamoré del hielo.

Del color sin olor,

del fuego frío,

el alma entumecida

y la piel dura.

Cada noche, me acostaba

en el frío ropaje de la nieve.

Conocí el invierno en mis entrañas,

y escarché mis huesos

con el aroma de los nidos vacíos.

Era yo feliz,

otra,

iluminada por témpanos,

besada por orugas

que daban luz gris a mi piel

sin preguntarme nada.

Dejé de hablar,

porque el vapor del aliento

enturbiaba mi reflejo

en los cristales.

Simplemente callé

y mi otra voz,

oscura, negra,

la voz que me cantaba

cuando caía el sol,

me reveló secretos que brillaban

bajo la tierra.

Prendí fuego a mis ropas,

y desnuda de fuera adentro,

vivo ahora.

Me reconozco

en las esquinas de cada día

y tiemblo.

Pero ya no tengo frío.

donde las olas

Estoy aquí

donde el aire se vuelve azul

para morir flotando.

La piel ya no resiste más recuerdos

y me deja libre,

roto el borde de mi sombra.

Este cuerpo ya no oculta nada.

Los ojos se duermen hacia adentro,

ajenos a las luces,

explorando las oscuridades

donde resido y callo.

Es frágil, mi cuerpo,

cuánto me ha ofrecido,

y cómo le he alimentado.

Ahora tiembla mientras se me escapa,

cáscara amorosa

de lo que ya no soy.

Sin huesos que lo sostengan,

sin besos ni lágrimas,

lo ha olvidado todo

y no se encuentra,

salvo en esta calma

vacia de ecos o perfiles.

He regalado al cielo,

el dolor de los músculos,

el color de la sangre,

todo lo que fui y podría ser,

para quedarme aquí,

en los huecos del aire

que todavía respiro.

Donde no cabe nada

y se vierte mi mundo

suavemente,

en olas que van y vuelven

Y

no

se

acaban

nunca.

 

 

 

perfiles

No se dónde empieza mi sombra

o dónde acabo yo.

La vida me sigue como un perro

que no sabe detenerse,

olisquea mis pies y lame los dedos,

me enerva con sus caricias torpes

y me llora cuando muero,

cada noche, entre las sábanas.

 

No se por qué sueño con perfiles

que se enredan en mis tobillos.

Sombras, sonidos y ecos

de lo que no comprendo ni me conoce.

Están ahi, porque los veo.

Y ellos ¿me ven a mi?

Sabe el borde de la cama quién soy?

Afino el oído y la mirada

para sorprenderlos en la noche;

los persigo por las esquinas de la mente,

atesoro sus huellas

y se me escapan,

dejándome sólo el filo

de su contorno.

 

Así que me dejo llevar,

me vuelvo yo misma perfil,

borde, alero y hasta humo,

porque ni encuentro mi forma a veces

ni el color de mis ojos en el espejo.

 

Entonces es cuando descubro

que mi levedad es aparente

y el peso que me conforma

es el mismo que me sostiene

sobre la tierra,

que mansa,

me recoge y se me clava en los pies,

para avisarme.

 

 

signos

Hay palabras que nos unen,

como cadenas de luz.

Son las que me gusta paladear en silencio

y repetir en voz alta,

cuando ya son mías.

 

Palabras compañeras de viaje,

con puntos y comas

para arropar un te quiero

y puntos finales para las despedidas.

 

Hay guiones entre los que vivimos,

puntos suspensivos que me gustaría explorar,

palabras azules para dejarte en los labios.

 

Porque sólo hay eso,

regalos de la lengua en los oídos,

cielos, lágrimas y palabras,

más palabras,

siempre las palabras

y la piel que se extiende entre unos y otros.

desde el agua

En ese lugar
donde el agua era más cristalina,
brotó el cuchillo.

Con él me corté la lengua,
para que las palabras fluyeran en silencio.

Después, liberé mis manos,
y descubri la suavidad de las muñecas.

Luego tallé un corazón dentro del mío,
y el viento lo traspasó de golpe.

Y cuando quise vaciar mis ojos,
el cuchillo se deshizo en el fondo,

donde nada pesa y el barro es más puro.

resbalando, poemacuento

No es cuestión de caminar erguido.

Se puede resbalar

plácidamente,

mientras dejas que los pies

se hagan de hielo sobre las aceras.

Una leyenda dice

que un hombre se tornó escarcha

cuando olvidó el canto de su alma

y las cigüeñas le vaciaron la mirada.

Pero aprendió a resbalar cantando

con labios nuevos las canciones viejas.

Y los hilos de su historia le

envolvieron, tiñendo de blanco sus pensamientos.

Cuando quiso caminar al alba, ciego

y hambriento de luz, no encontró sus huellas.

Habían volado lejos, como pavesas o copos. No sabía distinguirlas.

Entonces, extendió los dedos para acariciarlas.

A sus pies se desplegó un mensaje, desnudo y caliente.

Y le quemó las plantas.

esa noche

Esa noche,

me olvidé del amanecer.

De la lluvia, la suavidad,

de tu pelo y mi piel.

Esa noche, no hubo yo.

Ni luces, hojas o sonidos.

Olvidé mis pasillos y escaleras.

Me perdí en lo que no era.

Y nada era mío.

En esa inmensa noche,

me deshice.

Respiré oscuridad.

Con otras alas, me recompuse.

un cuento

Un día, el árbol bostezó. Abrió su boca musgosa, y todo el bosque supo que deseaba morir.

Hablaron largo y tendido acerca de cómo ayudarle.

Un mirlo bailó en su rama durante la noche entera. Un gran sacrificio, porque los mirlos jamás se levantan antes de las siete.

Fue inútil. El árbol emitió otro bostezo, inundando el aire de aroma a moho y a libélulas dormidas.

Una liebre excavó en sus raíces y luego, ratones y culebras vertieron en el profundo hueco lágrimas y orín, una ofrenda irresistible. Como respuesta, el árbol dejó caer tres hojas arrugadas, que todos contemplaron con tristeza.

Entonces, después de varios días de viaje, un caracol se asomó al borde de la inmensa boca. Y sin decir nada, se lanzó al vacío.

En ese momento, el árbol abrió los ojos y dijo: he soñado que me tragaba una estrella.

de caricias y besos

No me besaste nunca sin acariciarme.

Las manos eran pájaros viejos

que no tenían filos,

sólo plumas de aire.

No me tocaste nunca sin decirme niña.

porque eso fui yo siempre a tu lado.

Me contabas palabras y sombras,

hablándome en un idioma que desconocía,

porque tu vida estaba en otra parte, siempre.

Tuve que aprender a olvidar tu pasado,

cuando te marchaste un día,

sin despedirte.