de caballos y cometas

(Por amor a Patty S, que siempre viene al rescate cuando la necesito)

Dura es la roca

mis cascos relinchan

chispas de luz

y yo galopo

galopo

mordiendo la piedra

con fuego ardo

con rabia

galopo

por mi deseo insano

de rasgar el camino

si pudiera mordería las nubes

para dejar mi aliento en ellas

galopo

galopo y río

de mi

de mis yoes

de mis vidas

como cáscaras

quedan atrás

y me bebo las lágrimas

y me bebo

los propios labios

a carcajadas

hiero el aire

con mis pulmones

y dejo estela

estela de oro

y piedras molidas

como el cometa

que jamás se detiene

porque detenerse

es morir

pulverizado.

lo que no se

Cada vez que cierro los ojos,
sueño.
Con dragones y loros,
seres que Alicia amaría
sin reservas.

Sueño con ratas y nubes
pasajeras de mis noches,
y muertos que acuden en tropel
a hacerse oír entre las sábanas.

De los dragones
aprendí a comer fuego,
a deshacer nudos con las garras,
a volar sobre los pantanos.

De los loros
a vestirme de colores
y a repetir los silencios
mordiendo los barrotes.

De las ratas,
que todo lo que me alimenta
es bienvenido.
Y a moverme entre los túneles
sin miedo.

Pero son los muertos
quienes más me enseñan,
enredados en mis pies,
para no echar a volar
antes de lo previsto.

Ahora conozco por fin
cómo suena el corazón
entre dos aguas
-la del sol y la del sueño-
cuando despierto
y me dispongo
a cubrir mi fragilidad
con corazas de papel.

Cada verso
me descubre lo que no se
aquello que busco
y pierdo cada vez
bendito sea
por ocultarse tanto.

Y sueño.

estrella

Sabiendo lo que soy

no me extraño aún

de no quemarme viva,

ni a otras pieles.

Creo que las piedras y cristales

son más suaves que yo,

pero aún sabiendo,

he decidido hacerme agua de luz,

entibiar las noches

con nebulosas grises

y apuntilladas,

reorganizar mi estela,

acunando mi masa de tal modo,

que los musgos aniden a sus anchas

y las luciérnagas se apaguen

con mis cantos.

No soy sirena, pero cruzo los mares

negros del cielo

abriéndolos en dos para tocar el fondo

y acaricio la plata de la luna

en todas las escamas de los peces.

He de decir, en fin, que nunca lloro,

fulmino las lágrimas a besos

y me deslizo sin miedo entre tus brazos

cuando cierro los ojos

y me sueño.

congelada

Hace tiempo, me enamoré del hielo.

Del color sin olor,

del fuego frío,

el alma entumecida

y la piel dura.

Cada noche, me acostaba

en el frío ropaje de la nieve.

Conocí el invierno en mis entrañas,

y escarché mis huesos

con el aroma de los nidos vacíos.

Era yo feliz,

otra,

iluminada por témpanos,

besada por orugas

que daban luz gris a mi piel

sin preguntarme nada.

Dejé de hablar,

porque el vapor del aliento

enturbiaba mi reflejo

en los cristales.

Simplemente callé

y mi otra voz,

oscura, negra,

la voz que me cantaba

cuando caía el sol,

me reveló secretos que brillaban

bajo la tierra.

Prendí fuego a mis ropas,

y desnuda de fuera adentro,

vivo ahora.

Me reconozco

en las esquinas de cada día

y tiemblo.

Pero ya no tengo frío.

resbalando, poemacuento

No es cuestión de caminar erguido.

Se puede resbalar

plácidamente,

y dejar que los pies

se hagan de hielo

sobre las aceras.

Un hombre se tornó escarcha

cuando olvidó el canto de su alma

y las cigüeñas le vaciaron la mirada.

Pero aprendió a resbalar

Cantando con labios nuevos

las viejas canciones.

Los hilos de su historia le envolvieron,

tiñendo de blanco sus pensamientos.

Cuando quiso caminar al alba,

Ciego y hambriento de luz,

no encontró sus huellas.

Habían volado lejos,

como pavesas o copos.

Extendió los dedos para acariciarlas.

A sus pies se desplegó un mensaje,

desnudo y caliente.

Y le quemó las plantas.

esa noche

Esa noche,

me olvidé del amanecer.

De la lluvia, la suavidad,

de tu pelo y mi piel.

Esa noche, no hubo yo.

Ni luces, hojas o sonidos.

Olvidé mis pasillos y escaleras.

Me perdí en lo que no era.

Y nada era mío.

En esa inmensa noche,

me deshice.

Respiré oscuridad.

Con otras alas, me recompuse.

afilándome

Me afilo cuando los amaneceres me oscurecen.

Alargo las entrañas hacia adentro

curioseando lo que me identifica.

Separo mis realidades en divinas secciones,

y saboreo lo más sagrado que atesoro.

Me descubro ligera, flotante,

una medusa aérea

que cabalga las profundas cavidades del yo.

Rodeada de algas danzantes,

me aferro a las esquinas del alma,

porque soy criatura marina y temerosa,

por mucho que las sirenas me susurren al oído.

Es entonces que me ilumino

en lo más hondo del miedo,

alargándome como coral afilado.

Con el filo de lo que me asusta

corto mis ataduras.

Y salto.

caídos

Ésta fue mi casa.

La nuestra también.

Ésta fue mi sombra,

que compartimos sin preguntas.

Y ésta la ventana

desde la que contemplábamos el mundo.

Una mañana te fuiste y no hice nada.

Solo me asomé,

como otras veces.

Y solo vi tu espalda.