congelada

Hace tiempo, me enamoré del hielo.

Del color sin olor,

del fuego frío,

el alma entumecida

y la piel dura.

Cada noche, me acostaba

en el frío ropaje de la nieve.

Conocí el invierno en mis entrañas,

y escarché mis huesos

con el aroma de los nidos vacíos.

Era yo feliz,

otra,

iluminada por témpanos,

besada por orugas

que daban luz gris a mi piel

sin preguntarme nada.

Dejé de hablar,

porque el vapor del aliento

enturbiaba mi reflejo

en los cristales.

Simplemente callé

y mi otra voz,

oscura, negra,

la voz que me cantaba

cuando caía el sol,

me reveló secretos que brillaban

bajo la tierra.

Prendí fuego a mis ropas,

y desnuda de fuera adentro,

vivo ahora.

Me reconozco

en las esquinas de cada día

y tiemblo.

Pero ya no tengo frío.

donde las olas

Estoy aquí

donde el aire se vuelve azul

para morir flotando

La piel ya no resiste más recuerdos

y me deja libre

roto el borde de mi sombra

Este cuerpo ya no oculta nada

los ojos se duermen hacia adentro

ajenos a las luces

explorando las oscuridades

donde resido y callo

Es frágil, mi cuerpo

cuánto me ha ofrecido

y cómo lo he alimentado

Ahora tiembla mientras se me escapa

cáscara amorosa

de lo que ya no soy

Sin huesos que lo sostengan

sin besos ni lágrimas

lo ha olvidado todo

y no se encuentra

salvo en esta calma

vacía de ecos o perfiles

He regalado al cielo

el dolor de los músculos

el color de la sangre

todo lo que fui y podría ser

para quedarme aquí

en los huecos del aire

que todavía respiro

Donde no cabe nada

y se vierte mi mundo

suavemente

en olas que van y vuelven

Y

no

se

acaban

nunca.

desde el agua

En ese lugar
donde el agua era más cristalina,
brotó el cuchillo.

Con él me corté la lengua,
para que las palabras fluyeran en silencio.

Después, liberé mis manos,
y descubrí la suavidad de las muñecas.

Luego tallé un corazón dentro del mío,
y el viento lo traspasó de golpe.

Y cuando quise vaciar mis ojos,
el cuchillo se deshizo en el fondo,

donde nada pesa y el barro es más puro.

microondas

En la mañana tibia

una nota limpia

afilada en metal,

escinde el aire

y me habla con el sonido más humilde.

La ternura que siento es infinita.

Un universo entero

brilla en el fondo de la taza.

Y todo se condensa en este instante,

el plato reposando sobre el hule,

el borde hecho de humo,

los labios asomados al abismo,

y el núcleo del hogar en torno al cuerpo.

 

En el mismo segundo,

girando al ritmo de los soles

en un planeta breve,

los seres se alimentan y renacen,

muertos de amor y de deseo.

 

Me pregunto

cuánto amor debemos cocinar

para convertir las ondas de lo que somos

en luz o cristal,

albergando la vida

en lo más hondo,

al abrigo de aquello que nos une.