un cuento

Un día, el árbol bostezó. Abrió su boca musgosa, y todo el bosque supo que deseaba morir.

Hablaron largo y tendido acerca de cómo ayudarle.

Un mirlo bailó en su rama durante la noche entera. Un gran sacrificio, porque los mirlos jamás se levantan antes de las siete.

Fue inútil. El árbol emitió otro bostezo, inundando el aire de aroma a moho y a libélulas dormidas.

Una liebre excavó en sus raíces y luego, ratones y culebras vertieron en el profundo hueco lágrimas y orín, una ofrenda irresistible. Como respuesta, el árbol dejó caer tres hojas arrugadas, que todos contemplaron con tristeza.

Entonces, después de varios días de viaje, un caracol se asomó al borde de la inmensa boca. Y sin decir nada, se lanzó al vacío.

En ese momento, el árbol abrió los ojos y dijo: he soñado que me tragaba una estrella.

afilándome

Me afilo cuando los amaneceres me oscurecen.

Alargo las entrañas hacia adentro

curioseando lo que me identifica.

Separo mis realidades en divinas secciones,

y saboreo lo más sagrado que atesoro.

Me descubro ligera, flotante,

una medusa aérea

que cabalga las profundas cavidades del yo.

Rodeada de algas danzantes,

me aferro a las esquinas del alma,

porque soy criatura marina y temerosa,

por mucho que las sirenas me susurren al oído.

Es entonces que me ilumino

en lo más hondo del miedo,

alargándome como coral afilado.

Con el filo de lo que me asusta

corto mis ataduras.

Y salto.

de espaldas

Cuesta vivir de espaldas.

Nacen jorobas en la frente.

Cejas entre los omóplatos.

Y dientes en los talones.

De espaldas, no se ven las colinas.

El mar se escapa por el rabillo del ojo

y pasa de largo, rozándote el pelo.

Cuántas olas perdidas…

Cuántas palabras contra tus labios…

Cómo anhelo el horizonte, mientras contemplo los zócalos de todo.

Aprender a darme la vuelta.

Vivir de frente. Amar de frente.

Besar de frente, mirándote a los ojos…

Y reconocer las alas en mi espalda.

puertas

Abiertas, siempre, porque no hay miedos para cerrarlas.

Con las manos,

he abierto cientos.

Con el corazón,

muy pocas.

Como barbazul

atisbo las prohibidas,

y compruebo inocente su inocencia.

De nadie me esconden,

salvo de mi misma.

Ya no guardan

ni protegen

desde aquel día,

cuando abrí la última

y era de papel.

dos

Conviérteme, amor, en otra,

una que no te conozca,

una que no te recuerde.

Ámame, amor, como a otra,

pues no se quién soy,

ni de quién.

He olvidado tus labios, tu tacto.

He olvidado tu nombre y el mío.

Ya no quiero ser yo,

para que tus dedos me descubran de nuevo.

Ámame amor, otra vez.

Y recuerda lo que ya no somos,

lo que nunca fuimos.