esa noche

Esa noche,

me olvidé del amanecer.

De la lluvia, la suavidad,

de tu pelo y mi piel.

Esa noche, no hubo yo.

Ni luces, hojas o sonidos.

Olvidé mis pasillos y escaleras.

Me perdí en lo que no era.

Y nada era mío.

En esa inmensa noche,

me deshice.

Respiré oscuridad.

Con otras alas, me recompuse.

inicios

Cuando amas y comienzas,

al mismo tiempo sigues.

Te encadenas a una historia

llena de amor.

No el tuyo, ni el mío,

sino el de todos.

Cuando eliges amar,

te envuelve el hálito de lo eterno.

Y navegas por mares embravecidos

en una frágil barca,

sintiendo que el mar es más grande

de lo que jamás fueron tus sueños.

Sin amarres, sin timón,

ni siquiera salvavidas.

Porque en el amor sólo vale

el valor del navegante

y sus ganas de agua infinita.

 

Para Blanca, marinera valiente.

 

de pie

Tengo todo el tiempo para tomar asiento,

pero no lo hago.

Sentarse es como dejar de estar vivo.

Prefiero morir un poco cada día

caminando lentamente.

Tengo la lengua fácil,

el pie ligero

Me alumbran soles y me alimentan sombras.

La vida huele a hojas y se agita

como un cachorro mojado.

Contemplo este banco y no me siento.

Imagino a esa otra yo adormecida

suavemente,

la piel curtida por el sol.

Sola,

la espalda contra la piedra.

Y descubro la grandeza de sentarme.

 

 

deshojándome

 Foto de Matilde de Losada.

(Gracias Matilde, por poner imagen a un sentimiento)

 

De las hojas me llevo la textura,

la levedad que me eleva y zarandea.

Me deshojo en la vida

para recorrer esquinas y rozar aceras

con las alas ligeras de mis contornos.

Y pienso en lo que no soy,

mientras beso las ramas más altas

y desciendo al terciopelo del asfalto

con mis zapatos crujientes.

Tan fácil es dejar que el viento me baile,

como arañar los cristales de las ventanas.

Siempre yo, leve, ligera,

con la certeza de vivir en cualquier parte

y morir cada día,

en cada esquina de todos los universos.

un cuento

Un día, el árbol bostezó. Abrió su boca musgosa, y todo el bosque supo que deseaba morir.

Hablaron largo y tendido acerca de cómo ayudarle.

Un mirlo bailó en su rama durante la noche entera. Un gran sacrificio, porque los mirlos jamás se levantan antes de las siete.

Fue inútil. El árbol emitió otro bostezo, inundando el aire de aroma a moho y a libélulas dormidas.

Una liebre excavó en sus raíces y luego, ratones y culebras vertieron en el profundo hueco lágrimas y orín, una ofrenda irresistible. Como respuesta, el árbol dejó caer tres hojas arrugadas, que todos contemplaron con tristeza.

Entonces, después de varios días de viaje, un caracol se asomó al borde de la inmensa boca. Y sin decir nada, se lanzó al vacío.

En ese momento, el árbol abrió los ojos y dijo: he soñado que me tragaba una estrella.

dos mundos

Sólo veo dos. Pero son más.

Estos, me acompañan ahora,

Alimentándome de blanco y espuma.

No entiendo un mundo sin mundos.

Acepto que he de morir, algún día.

No me llevaré nada, salvo aquello

que se guarda en el alma

y sabe a sal, vino y sangre.

Mi esencia se baña

en todas las esencias.

Cada mundo esconde otro.

Cada día me escondo de mí misma,

para despertar de nuevo.

Una mañana tras otra.

afilándome

Me afilo cuando los amaneceres me oscurecen.

Alargo las entrañas hacia adentro

curioseando lo que me identifica.

Separo mis realidades en divinas secciones,

y saboreo lo más sagrado que atesoro.

Me descubro ligera, flotante,

una medusa aérea

que cabalga las profundas cavidades del yo.

Rodeada de algas danzantes,

me aferro a las esquinas del alma,

porque soy criatura marina y temerosa,

por mucho que las sirenas me susurren al oído.

Es entonces que me ilumino

en lo más hondo del miedo,

alargándome como coral afilado.

Con el filo de lo que me asusta

corto mis ataduras.

Y salto.

caídos

Ésta fue mi casa.

La nuestra también.

Ésta fue mi sombra,

que compartimos sin preguntas.

Y ésta la ventana

desde la que contemplábamos el mundo.

Una mañana te fuiste y no hice nada.

Solo me asomé,

como otras veces.

Y solo vi tu espalda.