terciopelo

Ese terciopelo

que me acaricia

por dentro

regando todos mis rincones.

Ese anclaje a lo denso

lo que palpita

y muere cada día

sin elevar la voz

abriéndose paso por las venas

al galope templado.

Ese rojo oscuro

líquido de dioses

donde se escriben

las notas de mis antepasados

y las canciones que entono

a mi manera

como un canto de aves

o murciélagos

ebrios de noche y círculos.

Esa gota infinita

que jamás me abandona

y que comparto con los mios

para descubrirme en ellos

espejo de amor y adene cósmico.

Cuánta sangre tengo todavía

para ilustrar mis días

y doblegar los años.

Cómo se pasan las ojas

del libro que escribo en mi piel.

Cada página un suspiro.

Cada punto y aparte un comienzo.

Ya no creo en las comas

no enumero

simplifico las aches

me bebo las mayúsculas.

Creo solo en el poder de la sangre

que a bocanadas

me regalo

cada día que amanezco.

Y agradezco.

*Pido excusas a la RAE por beberme la h de este poema y comerme las comas.

congelada

Hace tiempo, me enamoré del hielo.

Del color sin olor,

del fuego frío,

el alma entumecida

y la piel dura.

Cada noche, me acostaba

en el frío ropaje de la nieve.

Conocí el invierno en mis entrañas,

y escarché mis huesos

con el aroma de los nidos vacíos.

Era yo feliz,

otra,

iluminada por témpanos,

besada por orugas

que daban luz gris a mi piel

sin preguntarme nada.

Dejé de hablar,

porque el vapor del aliento

enturbiaba mi reflejo

en los cristales.

Simplemente callé

y mi otra voz,

oscura, negra,

la voz que me cantaba

cuando caía el sol,

me reveló secretos que brillaban

bajo la tierra.

Prendí fuego a mis ropas,

y desnuda de fuera adentro,

vivo ahora.

Me reconozco

en las esquinas de cada día

y tiemblo.

Pero ya no tengo frío.

donde las olas

Estoy aquí

donde el aire se vuelve azul

para morir flotando.

La piel ya no resiste más recuerdos

y me deja libre,

roto el borde de mi sombra.

Este cuerpo ya no oculta nada.

Los ojos se duermen hacia adentro,

ajenos a las luces,

explorando las oscuridades

donde resido y callo.

Es frágil, mi cuerpo,

cuánto me ha ofrecido,

y cómo le he alimentado.

Ahora tiembla mientras se me escapa,

cáscara amorosa

de lo que ya no soy.

Sin huesos que lo sostengan,

sin besos ni lágrimas,

lo ha olvidado todo

y no se encuentra,

salvo en esta calma

vacia de ecos o perfiles.

He regalado al cielo,

el dolor de los músculos,

el color de la sangre,

todo lo que fui y podría ser,

para quedarme aquí,

en los huecos del aire

que todavía respiro.

Donde no cabe nada

y se vierte mi mundo

suavemente,

en olas que van y vuelven

Y

no

se

acaban

nunca.

 

 

 

resbalando, poemacuento

No es cuestión de caminar erguido.

Se puede resbalar

plácidamente,

mientras dejas que los pies

se hagan de hielo sobre las aceras.

Una leyenda dice

que un hombre se tornó escarcha

cuando olvidó el canto de su alma

y las cigüeñas le vaciaron la mirada.

Pero aprendió a resbalar cantando

con labios nuevos las canciones viejas.

Y los hilos de su historia le

envolvieron, tiñendo de blanco sus pensamientos.

Cuando quiso caminar al alba, ciego

y hambriento de luz, no encontró sus huellas.

Habían volado lejos, como pavesas o copos. No sabía distinguirlas.

Entonces, extendió los dedos para acariciarlas.

A sus pies se desplegó un mensaje, desnudo y caliente.

Y le quemó las plantas.

las cuentas claras

Cuando la conciencia se estremece

y nos eleva en los hilos de la infancia,

recordamos canciones de talco y hierbabuena,

golondrinas como saetas

y caramelos en los bolsillos.

Eramos los mismos con almas ligeras,

entonando canciones prendidas del cielo

a la hora de los bordes dorados.

Elegimos los momentos, nunca los caminos.

Somos valerosos guerreros del presente.

Armados de lágrimas, sueños y cadenas, 

avanzamos,

dibujando día a día nuestra historia

con tizas de colores antiguos.

Aquellos que entonces nos mancharon los dedos

y ahora nos definen

a la dulce hora de bordes apagados.
 

 

 

esperas

Aconteció en esa época en la que no quedaban cisnes ni juncos.

Nos buscábamos en islas adormecidas de la ciudad, como náufragos que sólo se leían en los ojos del otro, enormes playas rotas por las olas.

Sin esquinas, a veces nos perdíamos juntos, flotando delante de un café o removiendo las hojas en los jardines. Mucho viento, mucho frío.  Y nuestras manos que se besaban, los dedos reviviendo el latido de los corazones.

Pájaros sin nido, encontrábamos migas debajo de las sábanas, detrás de las puertas grises de la memoria.

Y nos enamoramos de tanto esperarnos, dentro y fuera de la nada. Pero nunca nos importaba.

 

de dorados y púrpuras

No hay dorado que no brille,

ni púrpura que no sangre.

La vida se mueve

entre ambos colores,

vibrante hoja donde nos escribimos

al abrir los ojos,

envueltos en la luz y el cálido zumo del vientre.

Alargando la mirada

conectamos con lo más hondo,

ese punto que nos hace infinitos.

Atomos de amor en oro adormecidos.

Vibro y mi sangre se vuelve luz.

Respiro.

 

esa noche

Esa noche,

me olvidé del amanecer.

De la lluvia, la suavidad,

de tu pelo y mi piel.

Esa noche, no hubo yo.

Ni luces, hojas o sonidos.

Olvidé mis pasillos y escaleras.

Me perdí en lo que no era.

Y nada era mío.

En esa inmensa noche,

me deshice.

Respiré oscuridad.

Con otras alas, me recompuse.

inicios

Cuando amas y comienzas,

al mismo tiempo sigues.

Te encadenas a una historia

llena de amor.

No el tuyo, ni el mio,

sino el de todos.

Cuando eliges amar,

te envuelve el hálito de lo eterno.

Y navegas por mares embravecidos

en una frágil barca,

sintiendo que el mar es más grande

de lo que jamás fueron tus sueños.

Sin amarres, sin timón,

ni siquiera salvavidas.

Porque en el amor sólo vale

el valor del navegante

y sus ganas de agua infinita.

 

Para Blanca, marinera valiente.

 

de pie

Tengo todo el tiempo para tomar asiento,

pero no lo hago.

Sentarse es como dejar de estar vivo.

Prefiero morir un poco cada día

caminando lentamente.

Tengo la lengua fácil,

el pie ligero

Me alumbran soles y me alimentan sombras.

La vida huele a hojas y se agita

como un cachorro mojado.

Contemplo este banco y no me siento.

Imagino a esa otra yo adormecida

suavemente,

la piel curtida por el sol.

Sola,

la espalda contra la piedra.

Y descubro la grandeza de sentarme.