un cuento

Un día, el árbol bostezó. Abrió su boca musgosa, y todo el bosque supo que deseaba morir.

Hablaron largo y tendido acerca de cómo ayudarle.

Un mirlo bailó en su rama durante la noche entera. Un gran sacrificio, porque los mirlos jamás se levantan antes de las siete.

Fue inútil. El árbol emitió otro bostezo, inundando el aire de aroma a moho y a libélulas dormidas.

Una liebre excavó en sus raíces y luego, ratones y culebras vertieron en el profundo hueco lágrimas y orín, una ofrenda irresistible. Como respuesta, el árbol dejó caer tres hojas arrugadas, que todos contemplaron con tristeza.

Entonces, después de varios días de viaje, un caracol se asomó al borde de la inmensa boca. Y sin decir nada, se lanzó al vacío.

En ese momento, el árbol abrió los ojos y dijo: he soñado que me tragaba una estrella.

ese de sombras

Se sombra.

Con s de ser. De sentir.

De silbar entre los dientes

sabiendo que el cuerpo

es simplemente eso.

Eses que sólo suenan,

sin que sus huesos se densifiquen.

Silabas de suave brisa.

Eses que son solo sones.

Serenas siempre siendo,

mientras otros resuenan

densidades sin límites.

Se ese que deseo.

Es sencillo: debes probar

a silabear conmigo.

Simplemente esos labios

se abrirán para ser

la sombra de si mismos.

Y sonreír siempre,

susurrando en las sigilosas

esquinas de mi alma.

 

dímelo tú

Dime porqué dos son mejor que uno.

Dime cuándo es necesario caminar juntos

y cuándo uno debe avanzar a su propio paso.

Dímelo.

No sé acompasar el pie al son del otro.

Nunca aprendí a detenerme ni a seguir la música.

Dime cómo deslizarme a su lado,

para recorrer el mundo en la misma danza.

Dímelo tú, que te atreves a bailar

con la ilusión del amor coloreando tus pies.

Dímelo hija mía.

Quiero aprender.

Llevo tiempo bailando descalza.

(Para Blanca)

en esa mañana

En esa mañana,

fui agua entre tus dedos.

Agua que se resbalaba,

sin que me detuvieras.

En esa mañana,

no dejé lugar sin recorrer,

fuente de transparencia y locura,

donde el amor se confundía con la noche,

como si el cielo se oscureciera para nosotros.

En esa mañana,

tus espinas dejaron de pincharme,

no encontraron carne donde clavarse.

Reconocí el sabor de la sal en mis labios

y supe que el agua que yo era,

te había alcanzado.

no sé

No sé por qué no te esperé.

Había imaginado todo.

Tus ojos, las palabras que nos diríamos.

El olor de tu cuello, cuando te abrazara.

Sabía cuál sería el tono de tu voz,

el tacto de tu jersey azul

y el color de la vieja bufanda que compramos juntos.

Sabía que me dirías hola,

con una mirada suave, entornando las pestañas,

como si me vieras por primera vez.

Siempre por primera vez.

Me levanté y contemplé mis pasos,

alejándose del banco.

Nunca más por primera vez.

Porque los años están llenos de minutos,

que cuentan como soles.

Y los soles se deshacen cuando no los recuerdas.

Te regalo nuestro banco,

ahora que está lleno de nosotros.

Y de todas las veces que nos recogió,

humilde y amable.

Como tú.

sin título

No hay titulo para la soledad.

Ni hay soledad que no desee llevar un nombre que la acaricie.

Un nombre que no será el mío, ni el tuyo.

La soledad se merece otro,

no fuimos capaces de convertirla en algo diferente.

Crecimos solos, junto a ella,

un trío de amorosos solitarios,

que se rozaban una y otra vez,

sin darle cuerpo a la idea,

ni ideas capaces de reencontrarse en el cuerpo.

Soledad se irguió única entre nosotros.

Hermosa, eterna e innombrable.

Porque hay nombres que nos pueden

y no nos atrevemos apenas ni a escribirlos.

 

 

de espaldas

Cuesta vivir de espaldas.

Nacen jorobas en la frente.

Cejas entre los omóplatos.

Y dientes en los talones.

De espaldas, no se ven las colinas.

El mar se escapa por el rabillo del ojo

y pasa de largo, rozándote el pelo.

Cuántas olas perdidas…

Cuántas palabras contra tus labios…

Cómo anhelo el horizonte, mientras contemplo los zócalos de todo.

Aprender a darme la vuelta.

Vivir de frente. Amar de frente.

Besar de frente, mirándote a los ojos…

Y reconocer las alas en mi espalda.

desencuentros

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Ella soñaba con zapatillas y sopa.

El, con vino y sonrisas.

Ya en casa, la cazuela la observó

con su ojo vacío.

 

Frente al espejo,

los labios de él dibujaron sólo una mueca.

Pero mucho antes,

en aquel vagón,

vivieron un amor sin palabras.

Un pin pon de miradas,

sonrisas, vinos y sopas

que nunca se tomarían juntos.

Y eligieron mirar hacia otro sitio.

 

 

 

la primera mañana

La primera mañana después de no verte,

fue increíblemente igual a las otras.

Salió el sol. Y me alumbró,

de la misma forma que lo había hecho hasta ahora.

Cerré los ojos.

No se porqué, ya no estabas.

El sol me calentó los párpados.

Como siempre.

dos

Conviérteme, amor, en otra,

una que no te conozca,

una que no te recuerde.

Ámame, amor, como a otra,

pues no se quién soy,

ni de quién.

He olvidado tus labios, tu tacto.

He olvidado tu nombre y el mío.

Ya no quiero ser yo,

para que tus dedos me descubran de nuevo.

Ámame amor, otra vez.

Y recuerda lo que ya no somos,

lo que nunca fuimos.